miércoles, 28 de diciembre de 2011

¡YO SALVO LA NAVIDAD!

Había una vez en el reino de la magia unos duendecillos que eran los ayudantes de Santa Claus, que tenían que hacer todos los años los regalos de navidad. Había cientos de ellos y además todos iguales. Santa Claus se sentía orgulloso de tenerlos, pero no unos ayudantes tan perfectos, y con lo de perfectos me refiero a todas las cualidades que tenían esos seres diminutos.
Todo empezó cuando mis amigos y yo íbamos al colegio para preparar las tarjetas de navidad que  les hacemos  todos los años a nuestros padres. Al terminarla vi que mi tarjeta tenía algo especial del resto de las tarjetas, pero no podía descubrirlo.

Mientras me iba a la cama seguía dándole vueltas a lo que podía ser eso, pero no lo supe. A la mañana siguiente me encontré en un mundo de satisfacciones, en un mundo lleno de alegría, en mundo….En un mundo donde allí vivía el dueño del espíritu navideño. ¡Era Santa Claus! Estaba mas contenta que unas pascuas y así podía contarle lo que había  en mi tarjeta al mejor él lo puede descubrir. Me encontré con Santa Claus y le hice mi pregunta. El me respondió que me había llamado el espíritu de la navidad. Porque el mundo de la navidad corre peligro y solo yo puedo salvarlo. Santa Claus me dijo lo que tenía que hacer exactamente y así lo hice:

Fui a buscar a uno se los duendes que trabajaba con Santa Claus y le ordené rápidamente que pararan de hacer regalos. Y así lo .hicieron, pero no sabían porque.
Yo le respondí que el malvado Caolín había cambiado las telas y los materiales de los regalos por otros más viejos y así que los regalos se rompieran por el camino y no podría  entregar los regalos a tiempo, porque tendría que hacer otros.
Me puse en camino, a buscar al malvado Caolín. Vivía en su castillo a 100 Km de la ciudad. Fui en  el trineo de Santa Claus, cuando llegue vi el tenebroso castillo de  Caolín y entré a escondidas sin que nadie me viera. Y ahí lo vi sentado en su trono comiendo uvas. Y le dije que ya estaba bien de hacer bromas a los duendes, ellos no le habían hecho nada. Y él respondió:
-No te vas a salir con la tuya.
Y me encerró en el calabozo, el guardia era una ratita muy presumida con una horquilla en el pelo así que se la quite y pude salir, pero antes le dije unos cuantos piropos.
Cuando salí,  vi que estaba planeando otra broma para los duendecillos. Lo cogí por sorpresa y lo puse en el borde de un precipicio que había detrás del castillo, y le dije que o paraba de hacer bromas  o le soltaba y lo tiraba. El acepto el trato que le propuse. Caolín me devolvió todas las telas robadas y yo me fui hacia la ciudad. Le conté lo ocurrido a Santa Claus, y a todos los duendecillos. Santa Claus me ofreció a quedarme allí pero no podía aceptarlo. Cuando volví a mi casa se lo conté rápidamente a mis padres y amigos y pensaron que había sido un sueño.

Adela Calvo Adán 6ºD

   

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